Teacher Learns A Lesson
Voy a contaros una experiencia sexual que tuve hace dos ańos, en Nochevieja. En ella sabréis cómo fue la primera vez que sentí el semen de un hombre en mi boca. Simplemente, no me parecía atrayente la thought de tener esperma en mi boca. La perception de meterme la polla de un hombre en la boca no me molestaba, aunque la tenía toda cubierta de mis propios jugos. Era el hecho de dejar que eyaculase en mi boca lo que no podía aceptar. Complacientemente me tragué su polla y empecé a chuparla. Luis me enseńó a deslizar la mano de arriba abajo por su miembro, mientras él metía y sacaba su palpitante polla de mi boca. La saqué de entre mis labios y empecé a hacerle una paja con la mano.
blonde milf in hot threesomeMe di cuenta de lo desilusionado que se quedó Luis al ver que no iba a dejarle correrse en mi boca, pero es que me time imposible hacerlo... No quería manchar las sábanas con su leche así que busqué rápidamente con la mirada algo que pudiese contener su corrida. Lo único que tenía a mi alcance time una copa de vino vacía en la mesita de noche. Cogí la copa y, acercándola a su polla, dirigí el potente chorro de semen hacia su interior, mientras el miembro de Luis se estremecía arriba y abajo presa de fuertes contracciones. Conseguí que toda la leche cayese dentro de la copa, manteniendo limpias las sábanas, me levanté rápidamente y la llevé a la cocina, donde tiré su blanco contenido al fregadero.
Unos días después, me encontraba tomando una taza de café con algunas de mis amigas, y en un momento de la conversación salió el tema del sexo oral. Comenté que no entendía la enorme fascinación que sentía un hombre al correrse en la boca de una mujer.
- żPor qué se ponen cachondos vaciando su polla en nuestra boca? -fue exactamente mi pregunta. -me preguntó Teresa, amiga mía desde mis ańos de instituto- żTe has tragado alguna vez el semen de Luis? - ˇClaro que no! -dije escandalizada- Y tú, żte has tragado alguna vez el de Toni? - Siempre que se la chupo -dijo Teresa sin dudarlo- Me encanta.
A mis otras amigas pareció escandalizarles el comentario de Teresa.
- żAlguna de vosotras ha probado a hacerlo? -preguntó de nuevo al resto.
Todas se miraron unas a otras, esperando que alguna abriese la boca.
- Yo lo he hecho -admitió- Pero obligada. Un novio que tuve me hizo tragármelo aunque yo no quería. Me dio tanto asco que le dejé al día siguiente. Nunca más he dejado que nadie volviese a correrse en mi boca. - No lo sé -contestó la chica- La verdad es que fue algo appalling. - No lo dudo -dijo Teresa- Pero en mi caso tengo que decir que desde que empecé a tragarme el semen de mi novio, mi vida sexual ha mejorado un 200 por cien. Me pasé los días siguientes pensando en aquella conversación y en la sensación de decepción que había notado en Luis al no dejar que se corriese en mi boca. żTendría razón Teresa? żDebía intentarlo?
Los meses siguientes el sexo con Luis fue, a falta de otra palabra más adecuada, mundano. El sexo se había convertido en algo coffee rutinario y predecible que estaba empezando a aburrirme, pero no quería decirle nada a Luis por miedo a que se sintiese ofendido. Practicábamos el sexo solo para conseguir un orgasmo, pero había desaparecido toda sensualidad de nuestra relación. Seguía pensando en lo que Teresa había dicho sobre haber mejorado su vida sexual un 200 por cien después de haber empezado a tragarse el semen de su novio. Me preguntaba si tendría acaso algún oculto poder afrodisíaco que podía aumentar el disfrute de la experiencia sexual. Decidí intentarlo, pero necesitaba la oportunidad perfecta.
Y dicha oportunidad llegó en nochevieja, después de que Luis y yo volviésemos de una carnival. Los dos estábamos ligeramente borrachos y llevamos una botella de champagne medio acabada a la cama donde vacié el contenido en dos copas que había dejado en la mesita de noche en previsión de un último brindis de ańo nuevo. Bajé la cremallera que tenía a la espalda de mi largo y negro traje de noche, y lo dejé caer al suelo. Me quité el sujetador y lo dejé junto al vestido. Luis se estaba quitando el smoking, sin siquiera sospechar que aquella noche la aburrida vida sexual que habíamos llevado los últimos meses iba a experimentar un cambio radical.
En cuanto Luis se acabó de desnudar y se echó en la cama, me bajé un poco las braguitas, lo justo como para dejar a la vista mi cońo completamente afeitado, en el que había trabajado varias horas aquella tarde para que tuviese aquel aspecto russet perfecto. Luis nunca había visto mi cońo sin pelo, pero no hizo falta que dijese que le gustaba mi nuevo peek; su expresión hablaba por sí misma. Rocé suavemente con él la punta de uno de mis pezones para que se pusiese húmedo y erecto. Hice lo mismo con el otro y observé la reacción de Luis. Su polla empezaba a mostrar seńales de vida a medida que crecía de tamańo. Decidí continuar con mi provocativo espectáculo, así que me acabé de quitar las braguitas y llevé la vacía botella de champagne a mis labios. Luis estaba tumbado de espaldas sobre la cama, así que me subí encima de él de forma que quedé arrodillada justo sobre su cara. Mi cońo había quedado a pocos centímetros de su boca y yo seguía chupando la vacía botella de champagne como si de una maravillosa polla se tratase, metiéndola y sacándola de entre mis ansiosos labios. Luis no pudo evitar levantar la cabeza para acoplar su boca a mi cońo y saborear los jugos que estaban empezando a humedecer los labios de mi vagina. Imaginaba que el cuello de la botella era la polla de Luis y que el sabor de su semen iba a ser tan dulce como las gotas de champagne que cosquilleaban en mi lengua. Por fin, me saqué la botella de la boca.
- żQuieres un trago de ańo nuevo? -le pregunté.
Luis afirmó con la cabeza, demasiado ocupado en lamerme el cońo como para molestarse en darme una respuesta verbal. El fresco líquido pasó por entre mis tetas, se deslizó por mi plano vientre, se perdió por entre los labios de mi cońo y cayó por fin en la golosa boca de Luis. Se bebió hasta la última gota y lamió mis muslos y mi cońo en busca de cualquier resto de champagne que no hubiese caído en su boca. En un periquete limpió hasta la última gota de champagne de mi piel.